17.1.18

Llaves

Cuando viajo lejos, me gusta llevar las llaves de mi casa en la bolsa. No es tanto porque necesite andarlas para no olvidarlas, sino porque es, en cierto modo, la única seguridad física que tengo de que hay un lugar al cual regresar si fuera necesario.

Mi primera llave de la casa se me dio a los cinco años, en forma de un dige colgado en el cuello. No creo que haya sido porque fuera lo suficientemente responsable, sino porque no había nadie recibiéndome al volver de clases en algunos casos. En cierto modo me volví responsable de mi seguridad en una ciudad recién en posguerra, a los cinco años.

Desde entonces, sorprendentemente las perdí dos veces, la primera de las cuales no recuerdo por haber estado muy pequeño, pero sí de la segunda. Estaba fuera de casa por un tiempo, aproximadamente dos semanas, y me quedé a dormir con mi hermana. Un día regresé noche y sentí que alguien me seguía. Comencé a correr bastante rápido hasta sentirme seguro, y desde entonces nunca más volví a ver las llaves. Desde entonces las he extraviado muchas veces pero las encuentro al poco tiempo y he viajando miles de kilómetros sin perderlas.

Finalmente, la sensación de perder las llaves es parecida a la de ir tarde en un viaje que sabés que va a durar mucho, o la de perderte: incierta y liberadora, pero a la vez nostálgica y preocupante. No sabría decidir si es algo bueno o malo, pero sí puedo admitir que sabiendo experimentarse, deja cosas buenas.

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