24.1.18

Ser maitro es [1]

Escribir en el blog y terminar repitiendo la idea de hace seis meses.

Mal sueño

Una de las más recientes tendencias en todo el Internet es la de hacerte sentir miserable de tu rutina de vida, ya sea por medio del FOMO o la glamificación (es decir, hacer que la mara burra se sienta especial) en las redes sociales. Con eso, tengo que admitir que el mayor temor es el de tener que admitir que quizá, muy en el fondo, yo también caigo víctima de la cultura que he prometido despreciar. Es algo así como irte de tu país y sentirte de repente nostálgico por alguna burrada que no creías extrañar. O peor, es como cuando te enojás por alguien por hacer ruido al comer, y morder el tenedor de repente.

Por el otro lado, es bonito ser parte de una cultura tan superficial, porque te genera placeres cortos pero bonitos. Porque siendo honestos, no hay nada como babear cada vez que suena la campana de las notificaciones. Y si me perdonan, me largo para revisar mi insta.

El dilema blogger

A veces siento tantas ganas de tener gente que me lea y comente...

Pero entonces dejaría de poder poner lo que me gusta acá.

Aunque realmente nunca pongo nada.

Meh.

17.1.18

Llaves

Cuando viajo lejos, me gusta llevar las llaves de mi casa en la bolsa. No es tanto porque necesite andarlas para no olvidarlas, sino porque es, en cierto modo, la única seguridad física que tengo de que hay un lugar al cual regresar si fuera necesario.

Mi primera llave de la casa se me dio a los cinco años, en forma de un dige colgado en el cuello. No creo que haya sido porque fuera lo suficientemente responsable, sino porque no había nadie recibiéndome al volver de clases en algunos casos. En cierto modo me volví responsable de mi seguridad en una ciudad recién en posguerra, a los cinco años.

Desde entonces, sorprendentemente las perdí dos veces, la primera de las cuales no recuerdo por haber estado muy pequeño, pero sí de la segunda. Estaba fuera de casa por un tiempo, aproximadamente dos semanas, y me quedé a dormir con mi hermana. Un día regresé noche y sentí que alguien me seguía. Comencé a correr bastante rápido hasta sentirme seguro, y desde entonces nunca más volví a ver las llaves. Desde entonces las he extraviado muchas veces, viajando miles de kilómetros sin perderlas.

Finalmente, la sensación de perder las llaves es parecida a la de ir tarde en un viaje que sabés que va a durar mucho, o la de perderte: incierta y liberadora, pero a la vez nostálgica y preocupante. No sabría decidir si es algo bueno o malo, pero sí puedo admitir que sabiendo experimentarse, deja cosas buenas.