20.12.17

Maldita estética

Una de las epifanías más tristes de mi vida ocurren cada vez que voy madurando y soy capaz de ser mejor para la introspección: que no soy tan bueno para la vida como creía serlo. En un inicio era una cuestión de reto personal para perfeccionarme, pero a medida que los hábitos de la vida y las dificultades aparecen, la situación se vuelve más como un recordatorio de que he vivido etapas de mi vida de forma ingenua, o peor aún, engañado.

Claro, no escribo esto con la tristeza de alguien que cree que nunca va a poder superar esta etapa de su vida, sino que con la preocupación de lo que require. Pero así es como funciona. Por ejemplo, una de las peores cosas que puede ocurrirle a alguien con el mínimo de habilidad musical es la capacidad de reconocer los desafinos. Es horrible, porque uno comienza a ser consciente de cuando otros desafinan, e incluso genera esa sensación de muerte que implica escuchar a otro ser humano fracasar en su intento de cantar o tocar un instrumento. Pero es terrible también aprender a reconocerlo en uno mismo cada vez que se intenta emprender la misma tarea y se encuentra en tal situación.

Ahora, benditos aquellos talentosos que pueden lograr la perfección y evitar verse a sí mismos con decepción. Pero claro, eso es para un aspecto de la vida, ¿pero qué tal con todos? Un buen músico va a tener que apoyarse psicológicamente de su habilidad maravillosa para hacer algo bien, mientras hace caso omiso a lo demás de su persona que no cumple con el estándar de decencia. Eso es lo preocupante. Ahora, la otra opción es relajar la percepción de la vida y negar la búsqueda de la estética, pero eso es tan terrible como negar la búsqueda de la verdad, lo cual no creo que sea opción. Entonces la pregunta es: ¿será posible aceptar los errores propios y de otros mientras tenemos la vista enfocada en la búsqueda de la estética?

Quizá el tema sea demasiado cenagoso como para darle pensamiento, pero creo que un buen paso es saber reconocer lo difícil y lo agobiante que es la mejora personal, sabiendo reconocer lo que implica en diversos ámbitos de nuestra vida. Por ejemplo, saber que mi talento musical no me hace buen músico, y que la inversión que conllevaría serlo implica un sacrificio monumental de tiempo de mi vida. Saber valorar que entregarme a la estética es entregar, de hecho, parte de mi vida a algo en particular me debería ser más clemente hacia aquellos que no están dispuestos a entregarse a ello, y a recibir clemencia hacia todas aquellas cosas de las cuales ni siquiera he tomado conciencia con respecto a lo que requiero para que otras personas me puedan soportar. Esos desafinos de la vida que nos hacen ser quienes somos, a la larga.