21.4.09

057/365 » Manifiesto abstracto

Siempre nos llega ese momento de la vida en el que descubrimos que todas las demás personas (al menos aquellas racionales y sanas) son más similares a nosotros de lo que nos gustaría admitir. Nuestras ideas, pensamientos e inferencias no tendrían mucho que ofrecer al mundo, si no fuera por el contexto, la interacción, y qué más da, la vulgar y silvestre satisfacción personal.

Claro está, que a nadie le divierte saber eso, porque quizá, muy en el fondo, ♪todos somos especiales♫. Es por eso que desesperadamente nos buscamos a nosotros mismos en el lugar equivocado; obviamos nuestras obvias similitudes con el mundo, racionalizamos nuestra incomprendida autoestima, celebramos nuestras pocas diferencias con otros, y justificamos los sofismas que rigen nuestra vida con frases y canciones ajenas. Al final, todo esto es simplemente es un modo de esconder lo que más tememos conocer: somos especiales, pero no sabemos por qué. Y eso nos deja con un mayor vacío.

Por eso, como único medio para descubrir nuestras propias emociones, actitudes y deseos, es necesario callar todo ese ruido interno y aprender a escucharnos a nosotros mismos, parar y analizar. Ahora comprendo por qué el principio del mundo cerrado es una fuente básica de la creatividad: lo nuevo se crea desde cero.

Es por eso que cuando a veces me pregunto si soy feliz conmigo mismo, me olvido del mundo por un rato y me respondo sin dudar: sí, lo soy. Y por eso, a veces, me vale lo demás.

1 comentario :

Gero dijo...

"Recuerda siempre que eres único... exactamente igual que todos los demás".
Ni modo.