15.2.18

Pasar la antorcha y que te la boten

Mi plática de ahora con un estudiante en la oficina fue épica. Dice que sus amigos tienen la tradición de ir a centros comerciales a ver a los que ellos llaman "soldados caídos". Tengo que admitir que, aunque me pareció una de las cosas más ingeniosas y chistosas que he escuchado en los últimos años (entiéndanme, ya casi no publico cosas de ese género en mi blog), me pareció interesante un par de cosas.

La primera es que alguien con tanto tiempo libre para hacer algo como eso debería publicarlo en su blog. Si tuviera blog. Pero aparentemente los blogs se murieron. Bueno, a menos que sean para generar spam [levanta la mano] o para diseminar noticias falsas; ya saben, cosas importantes en la vida. Hoy en día parecería que todo el mundo publica cosas que se olvidan en una línea de tiempo difusa y confusa.

La segunda cosa es que muchos de los temas que ahora están en la plática de todos son bastante homogéneos. Y siendo sincero, no me gusta. Quizá sea ese sentir de que "en mis tiempos" las cosas eran diferentes, aunque en la práctica no sea tan así. No obstante, me da la sensación de que las conversaciones en el Internet hoy en día no utilizan las unidades meméticas como herramienta de expresión, sino como el tema mismo de discusión; un tema que, en la práctica, se repite una y otra, y otra vez [tengo que admitir que me encanta autorreferenciarme; es como poder decir "se los dije"].

Pero en fin, así es la vida.

24.1.18

Ser maitro es [1]

Escribir en el blog y terminar repitiendo la idea de hace seis meses.

Mal sueño

Una de las más recientes tendencias en todo el Internet es la de hacerte sentir miserable de tu rutina de vida, ya sea por medio del FOMO o la glamificación (es decir, hacer que la mara burra se sienta especial) en las redes sociales. Con eso, tengo que admitir que el mayor temor es el de tener que admitir que quizá, muy en el fondo, yo también caigo víctima de la cultura que he prometido despreciar. Es algo así como irte de tu país y sentirte de repente nostálgico por alguna burrada que no creías extrañar. O peor, es como cuando te enojás por alguien por hacer ruido al comer, y morder el tenedor de repente.

Por el otro lado, es bonito ser parte de una cultura tan superficial, porque te genera placeres cortos pero bonitos. Porque siendo honestos, no hay nada como babear cada vez que suena la campana de las notificaciones. Y si me perdonan, me largo para revisar mi insta.

El dilema blogger

A veces siento tantas ganas de tener gente que me lea y comente...

Pero entonces dejaría de poder poner lo que me gusta acá.

Aunque realmente nunca pongo nada.

Meh.

17.1.18

Llaves

Cuando viajo lejos, me gusta llevar las llaves de mi casa en la bolsa. No es tanto porque necesite andarlas para no olvidarlas, sino porque es, en cierto modo, la única seguridad física que tengo de que hay un lugar al cual regresar si fuera necesario.

Mi primera llave de la casa se me dio a los cinco años, en forma de un dige colgado en el cuello. No creo que haya sido porque fuera lo suficientemente responsable, sino porque no había nadie recibiéndome al volver de clases en algunos casos. En cierto modo me volví responsable de mi seguridad en una ciudad recién en posguerra, a los cinco años.

Desde entonces, sorprendentemente las perdí dos veces, la primera de las cuales no recuerdo por haber estado muy pequeño, pero sí de la segunda. Estaba fuera de casa por un tiempo, aproximadamente dos semanas, y me quedé a dormir con mi hermana. Un día regresé noche y sentí que alguien me seguía. Comencé a correr bastante rápido hasta sentirme seguro, y desde entonces nunca más volví a ver las llaves. Desde entonces las he extraviado muchas veces, viajando miles de kilómetros sin perderlas.

Finalmente, la sensación de perder las llaves es parecida a la de ir tarde en un viaje que sabés que va a durar mucho, o la de perderte: incierta y liberadora, pero a la vez nostálgica y preocupante. No sabría decidir si es algo bueno o malo, pero sí puedo admitir que sabiendo experimentarse, deja cosas buenas.

20.12.17

Maldita estética

Una de las epifanías más tristes de mi vida ocurren cada vez que voy madurando y soy capaz de ser mejor para la introspección: que no soy tan bueno para la vida como creía serlo. En un inicio era una cuestión de reto personal para perfeccionarme, pero a medida que los hábitos de la vida y las dificultades aparecen, la situación se vuelve más como un recordatorio de que he vivido etapas de mi vida de forma ingenua, o peor aún, engañado.

Claro, no escribo esto con la tristeza de alguien que cree que nunca va a poder superar esta etapa de su vida, sino que con la preocupación de lo que require. Pero así es como funciona. Por ejemplo, una de las peores cosas que puede ocurrirle a alguien con el mínimo de habilidad musical es la capacidad de reconocer los desafinos. Es horrible, porque uno comienza a ser consciente de cuando otros desafinan, e incluso genera esa sensación de muerte que implica escuchar a otro ser humano fracasar en su intento de cantar o tocar un instrumento. Pero es terrible también aprender a reconocerlo en uno mismo cada vez que se intenta emprender la misma tarea y se encuentra en tal situación.

Ahora, benditos aquellos talentosos que pueden lograr la perfección y evitar verse a sí mismos con decepción. Pero claro, eso es para un aspecto de la vida, ¿pero qué tal con todos? Un buen músico va a tener que apoyarse psicológicamente de su habilidad maravillosa para hacer algo bien, mientras hace caso omiso a lo demás de su persona que no cumple con el estándar de decencia. Eso es lo preocupante. Ahora, la otra opción es relajar la percepción de la vida y negar la búsqueda de la estética, pero eso es tan terrible como negar la búsqueda de la verdad, lo cual no creo que sea opción. Entonces la pregunta es: ¿será posible aceptar los errores propios y de otros mientras tenemos la vista enfocada en la búsqueda de la estética?

Quizá el tema sea demasiado cenagoso como para darle pensamiento, pero creo que un buen paso es saber reconocer lo difícil y lo agobiante que es la mejora personal, sabiendo reconocer lo que implica en diversos ámbitos de nuestra vida. Por ejemplo, saber que mi talento musical no me hace buen músico, y que la inversión que conllevaría serlo implica un sacrificio monumental de tiempo de mi vida. Saber valorar que entregarme a la estética es entregar, de hecho, parte de mi vida a algo en particular me debería ser más clemente hacia aquellos que no están dispuestos a entregarse a ello, y a recibir clemencia hacia todas aquellas cosas de las cuales ni siquiera he tomado conciencia con respecto a lo que requiero para que otras personas me puedan soportar. Esos desafinos de la vida que nos hacen ser quienes somos, a la larga.

22.11.17

La imagen

A veces me pregunto sobre lo difícil que es mantener una reputación. Eso de idearse una imagen para proyectar, el constante ensayo y error, la corrección de errores, el pulir la interacción con otros, la preparación para la vida en sociedad, el hacer, no hacer, decir y no decir.

A veces me pregunto por qué no simplemente dejamos de ser sociales y dejamos que nuestra principal preocupación sea vivir con nosotros mismos, hasta que siento el deseo de estar con otros, conocerlos, acercarme, compenetrar, sentirme apreciado y amado, y esas cosas que me hacen ser humano.

A veces, sin embargo, simplemente disfruto lo difícil que es estar frente a un mundo complicado, y doy las gracias por poderlo vivir.

8.10.17

Historias de amor en la creación

"I guess you get to a point where you look at that pain as if it were there in front of you three feet away lying in a box, an open box, in a window somewhere. It’s hard and cold, like a bar of metal. You just look at it there and say, All right, I’ll take it, I’ll buy it. That’s what it is. Because you know all about it before you even go into this thing. You know the pain is part of the whole thing. And it isn’t that you can say afterwards the pleasure was greater than the pain and that’s why you would do it again. That has nothing to do with it. You can’t measure it, because the pain comes after and it lasts longer. So the question really is, Why doesn’t that pain make you say, I won’t do it again? When the pain is so bad that you have to say that, but you don’t. (...)" --Lydia Davis

I.

Hace poco leí la historia de cómo Nujabes y Shing02 escribieron la conocida serie de hip hop Luv(sic). A pesar de que la historia descrita en las canciones va dentro de la línea de amor romántico, me parece interesante la trasposición que la colaboración tiene: las personas que crean cosas juntos, comparten una relación que trasciende el trabajo y las experiencias. Es como si la creación en conjunto hiciera a los creadores padres y madres, los cuales comparten una conexión valiosa y trascendente.



II.

La falta de palabras para expresar una idea de un idioma a otro es una de las cosas más valiosas de abrir la mente a una cultura nueva. Pero también sucede que, aparte de perdernos en la traducción, a veces nuestro colectivo le da un valor nuevo a lo que decimos, aunque originalmente sea en otro idioma, algo de lo que ya he hablado antes. Basándome en esta premisa, el modo en el que la palabra japonesa nakama ha cobrado vida en el imaginario occidental se vuelve fascinante a partir del éxito de la narrativa de One Piece: a pesar de que para muchos sí existen modos de traducirla fácilmente, el modo en el que el fandom de la serie imaginó el sentimiento que la palabra transmitió a nivel contextual hizo que se volviera una palabra especial, al punto de que según leí, incluso los jóvenes japoneses ahora la usan de un modo distinto al tradicional en muchos casos. ¿Será que el uso de esta palabra habla de nuestro deseo interno por compañerismo y amistad a nivel colectivo?



III.

Hace unos meses vi al director ejecutivo de Creative Commons, con lágrimas en los ojos, descubriendo en Toronto una réplica gigante hecha en impresión 3D del tetrápilo, un monumento que recientemente fue destruido por un conocido grupo de extremistas en Siria. Hace poco me reencontré con la historia de Bassel Khartabil, un sirio que trabajó por la cultura en su región y que se encontró luchando en el conflicto de su tierra natal, a la vez que se convirtió en un vocero por la diseminación de la cultura. A pesar de su muerte y de la destrucción de este monumento, fue posible mantenerlo vivo, aunque fuera como réplica. ¿Será que nuestro aporte a la humanidad puede trascender a entregar algo de nosotros a los demás? Podés ver un poco más sobre el monumento acá.

Escribiendo memorias

Una de las metas para este semestre ha sido comenzar un commonbook, que son algo así como una libreta de apuntes común y corriente. Yo llevo un par de años llenando agendas con mi día a día, pero la diferencia entre eso y un commonbook es que estas se usan como repositorios de ideas: música, citas que se leen, ideas, etc., y qué sé yo. Nunca he tenido uno.

Una de las cosas que me hicieron tomar la decisión fue pensar que muchas personas al final de su vida son capaces de escribir libros con memorias de cosas importantes que les sucedieron. Ya a mis treintas, soy capaz de ver que es mentira que uno se va a acordar de todo. Y pienso también en mi blog, que ha servido algunas veces como repositorio de ideas o de eventos de los que ya ni siquiera me acordaba. Quizá ha sido difícil aceptar esa transformación de un blog de un estudiante con ideas entre la lógica y la matemática, al de un adulto con más profundidad y con más miedo de hacer preguntas porque puede inferir las respuestas más rápidamente.

Igual, es divertido venir y escribir, pero sé que lo será más cuando venga en un futuro y encuentre este tesoro de ideas de lo que voy dejando a lo largo de los años.

6.7.17

In between

El prólogo del libro The Great Divorce, de C. S. Lewis habla, a través de una historia alegórica sobre las diferencias entre el cielo y el infierno. En ella, las personas descubren, durante un viaje al cielo, que la realidad de arriba es tan fija que les es imposible interactuar con ella, y descubren que su materialidad es falsa, como en esa película creepy donde los niños descubren que son fantasmas en el mundo real.

Eso alimenta una idea que he estado analizando por un par de días, que es sobre el éxito y el fracaso, y de la que he escrito antes, pero desde la perspectiva de la fragilidad humana. ¿Será que nos encontramos a nosotros mismos en el éxito, o en el fracaso? Me pregunto esto con respecto a las impresiones que varias personas han compartido conmigo con respecto a lo que significa el éxito en sus vidas. Pero a medida me he encontrado en situaciones en las que he encontrado que no necesito nada, también me he visto olvidando mi naturaleza frágil o insegura, para ser recordado de ella en el momento en el que algo sucede que no hubiera deseado. No puede ser que seamos pobres o desdichados para poder sentirnos humanos, ni que seamos ricos o afortunados para creer que no necesitamos nada fuera de lo que nuestras manos pueden alcanzar.

Pero como en toda dicotomía de este tipo, hay un punto en el que no somos ni tan felices, ni tan tristes. Un punto en el que nuestra humanidad vive la plenitud de la felicidad pero recuerda de dónde vino; un estado en el que la desdicha sobrecoge pero trae consigo la promesa de lo que realmente somos. Fallar en esa unión entre ambos estados rompe el equilibrio entre lo que somos y lo que estamos destinados a ser.

Tal vez.